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Un madero en Níger

Un madero en Níger

Dicen las estadísticas que Níger es un país de algo más de 21 millones de habitantes, que la esperanza de vida de su población apenas llega a los 60 años y que dentro de sus fronteras se cometen unos 800 homicidios al año, es decir, una tasa de 4,5 homicidios por cada 100 000 habitantes. En España, cada año hay unos 300 homicidios –con más del doble de población-, es decir, 0,6 homicidios por cada 100 000 habitantes, y nuestra esperanza de vida llega a los 83 años. Mientras que España ocupa el número 13 del ranking de las economías mundiales, Níger está en el lugar 146. Es uno de los países más pobres de África y, por tanto, del mundo.

Dice la geopolítica que las fronteras de Níger lindan con Chad, Burkina Faso, Argelia, Libia, Malí, Benín y Nigeria, que su territorio y su población están continuamente amenazados por los grupos terroristas Al Qaeda y Boko Haram, y que cualquier desplazamiento por el interior del país es como jugar a la ruleta rusa. Secuestros, asaltos y asesinatos se suceden a diario en casi todo el territorio.

Dice Fernando, inspector jefe de la Policía Nacional que lleva tres meses destinado en Niamey, la capital de Níger, que «no se está tan mal». Fernando lidera un equipo conjunto hispano-francés dedicado a luchar contra las mafias de la inmigración ilegal en origen, es decir, donde operan las redes de tratantes de personas que envían a miles de hombres y mujeres cada año a Europa en penosas condiciones. Y allí, Fernando hace lo único que sabe hacer desde que en 1994 juró como policía: trabajar luchando contra el crimen organizado. A finales de diciembre la Dirección General de la Policía anunciaba en una nota de prensa la desarticulación de una organización en Níger que había facilitado la migración a España de miles de subsaharianos. La nota daba cuenta de la detención de uno de los mayores traficantes de seres humanos del mundo. Detrás de ese arresto estaba el trabajo de Fernando, Víctor y Dani, los tres agentes españoles destinados en uno de los lugares más hostiles del mundo.

La pieza de caza mayor cobrada por Fernando y los suyos es conocido como Molofia, un intocable hasta la llegada de los agentes españoles. Un tipo con el poder, el dinero y las influencias necesarias para conseguir que los policías y los políticos miren para otro lado cuando las caravanas cargadas de personas que sueñan con llegar a Europa cruzan Níger. En ese país coinciden los inmigrantes procedentes de Camerún, Ghana, Togo, Gambia, Senegal y Nigeria que pretenden alcanzar el Viejo Continente. Lo hacen en largas y penosas travesías en las que ponen en riesgo sus vidas, atravesando desiertos a merced de los traficantes, que les cobran en torno a 120 euros, una fortuna en esos países. A la red de Molofia se le calculan unos beneficios de 250 000 euros anuales, dinero sacado de las entrañas de las víctimas de la trata.

¿Cómo se investiga a una red de traficantes de personas con sólidos lazos con el poder en un país como Níger? Fernando, el inspector jefe, tiene la respuesta: «A la antigua, a piñón. Buscando testimonios de víctimas, captando confidentes y todo con el máximo secreto para evitar filtraciones». En Níger de nada sirven los posicionamientos de teléfonos, ni las balizas de seguimiento… Es investigación pura y dura en busca de los testigos que apuntalen una acusación. Al fin y al cabo, lo que ha hecho Fernando toda la vida. Este inspector jefe de 48 años, con dos hijos, llegó en 1999 a «la Pringue», la Brigada de Policía Judicial de Madrid, tras pasar por la Brigada de Información de Pamplona. En «la Pringue» fundó el grupo dedicado a perseguir a las organizaciones criminales procedentes del Este de Europa. Su grupo fue el primero que golpeó a las mafias rumanas, polacas, búlgaras, georgianas… y su compromiso con las víctimas le llevó a proteger a varias de ellas de manera personal, con sus medios y su dinero. Desde la Brigada madrileña hizo llegar el Estado de derecho a la Policía local de Coslada y detuvo a su jefe, Ginés Jiménez, en la Operación Bloque. Ya como inspector jefe se hizo cargo de una sección de la UDEV central y desde allí siguió desarticulando grupos criminales de Europa del Este.

Trabajador incansable, acumula en su rostro y en su espalda las cornadas que ha recibido, sobre todo, de jueces y fiscales con pocas ganas de trabajar, pero Fernando se hizo policía para eso, para trabajar sin pausa. Por eso, cuando anunció su intención de irse a un destino fuera de España, alguien pensó en él para, probablemente, el puesto en el extranjero menos deseado de todos los posibles: Níger. Y es que Fernando lleva en su ADN el sentido del deber y la ética del trabajo. Otro habría optado por ser oficial de enlace en alguna embajada tranquila o por algún organismo internacional (Europol, Interpol). Su hoja de servicios le avala, pero ese mismo historial dice de él que resuelve cualquier trabajo, por peliagudo que sea. Ahora le ha surgido la oportunidad de elegir un destino más cómodo, pero en la piel de Fernando está grabada la expresión sentido del deber. «No voy a abandonar ahora el proyecto –dice-, adquirí un compromiso y lo cumpliré».

Su vida en Niamey, junto a Víctor y a Dani, transcurre entre llamadas diarias a su familia, desplazamientos en los que toda precaución es poca y mucha vida con el resto de expatriados en ese rincón abandonado del mundo. El rincón donde anidan los mayores traficantes de personas del mundo que, Fernando y los suyos, están dispuestos a encerrar. Hace seis años que podría haber optado por ser comisario: «No pertenezco a ninguna familia, no le debo nada a nadie, mi único aval es mi trabajo», dice. Un compañero suyo, con la misma vocación por el deber y el trabajo, que también estuvo destinado en África, define a la perfección a este madero: «Es el mejor policía que conozco». Yo tuve la enorme suerte de conocerle hace 15 años. Hoy le conocen todos ustedes.

 

Manu Marlasca

 

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