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Un día más en la oficina para un policía

Un día más en la oficina para un policía

Los periodistas que nos dedicamos a la información policial sabemos que a diario se nos escapan muchas historias —grandes y pequeñas— protagonizadas por miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Los gabinetes de prensa filtran una o dos noticias al día —como es lógico— y el trabajo de la Policía y la Guardia Civil da para mucho más. Tengo la enorme fortuna y el gran privilegio de, en ocasiones, recibir informaciones al margen de los canales oficiales. Hace unos días me llegó una de esas historias, y la quiero compartir aquí porque dice mucho sobre lo que significa llevar un uniforme de policía y define a la perfección esa virtud llamada vocación de servicio, inherente a casi todos los agentes que he conocido.

Todo ocurrió la tarde del pasado 7 de diciembre en un bar de la calle de la Imagen, en el distrito madrileño de Vallecas. Dos patrullas de la comisaría de Puente de Vallecas fueron requeridas por la Sala del 091 «para atender a un varón que presentaba insuficiencia respiratoria y síntomas de cianosis», según cuenta uno de los policías que participó en la intervención. El hombre, de 73 años, había sufrido un infarto de miocardio y, a la llegada de los policías, ya estaba en parada cardiorrespiratoria. Los agentes fueron quienes lograron sacarle de ese estado con las maniobras de reanimación que le practicaron, primero solos y después bajo la supervisión del personal del SAMUR que llegó al bar.

Los «zetas» escoltaron a la ambulancia hasta el hospital Gregorio Marañón, donde el hombre quedó ingresado. Antes de que los cuatro policías dejasen el centro sanitario, el jefe de guardia del SAMUR los felicitó y les pidió los datos para realizar un informe en el que, según les dijo, destacaría su rapidez y su profesionalidad. El sanitario les informó de que habían salvado la vida de ese hombre.

Veinticuatro horas después, cuando los agentes volvieron a su trabajo, lo primero que hicieron fue ir al hospital para ver cómo se encontraba el hombre. La vida no es un cuento de Navidad, ni siquiera en estas fechas, y los policías se enteraron en el centro sanitario de que el hombre, al que habían salvado la vida, había fallecido unas horas antes de su visita. «Pese al sabor amargo que nos deja el desenlace, esperamos, al menos —me dice uno de los policías—, haber sido útiles para que su familia se despidiese de él».

Los servicios humanitarios de la Policía solo ocupan espacio en los medios cuando tienen final feliz —«Un policía fuera de servicio evita un suicidio», «Una patrulla ayuda a dar a luz a una mujer»— o cuando tienen un final terrible para los agentes, como en el caso de los que dieron su vida para salvar a un joven en la playa de Orzán. He querido compartir aquí esta historia porque, al margen de su triste desenlace, destila humanidad y una vocación de servicio infinita. La profesionalidad sirve para sacar a alguien de una parada cardiorrespiratoria; la humanidad se demuestra al acudir al día siguiente al hospital para ver cómo estaba el hombre; y la vocación de servicio infinita es la que tuvo uno de los agentes que participaron en este servicio unos años atrás, al sacar de las vías del metro a un hombre que cayó allí cuando el tren estaba a punto de pasar. Aquella acción sí ocupó espacio en los medios y el agente fue merecidamente condecorado. Para él fue un día más en la oficina. Es policía.

 

Manu Marlasca

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