Los huérfanos de Brujo 20

Los huérfanos de Brujo 20

Tengo que contarte, Blas, cómo te quería —corrijo—, cómo te quiere tu gente. Tengo que contarte, ahora que ya descansas, cómo se les congeló a todos el minuto maldito en el que sus móviles fueron convocando a la desgracia, inesperada y ciega, mirándote a ti: un «brujo», uno de los suyos, uno de los nuestros ya para siempre. Esther, tu jefa, tu hermana, la otra mitad de «los Ropper», como os llamabais al cabo de treinta años juntos, tiró la bici y las mallas cuando la llamó una amiga de una comisaría para contarle que habían disparado a un policía. Esther colgó y marcó tu número, Blas, para que le dijeras qué había pasado. ¿A quién iba a llamar si no, si eras su compañero del alma? Tu teléfono debió de sonar o vibrar en tu bolsillo mientras los médicos trataban de traerte a la vida. Llamó a la Sala y le anunciaron que eras tú, que estabas vivo y que te llevaban al Hospital de la Fe.

Paco, el jefe accidental mientras Esther estaba de vacaciones, iba de camino al 77 de la calle Sueca después de salir de la autopsia del cadáver de la maleta. Sé que vosotros seguís yendo al Anatómico cada vez, empapándoos de los detalles para luego buscar mejor a los culpables. Con tu diligencia de siempre, habías llamado a Paco para informarle de que habíais encontrado un reguero de sangre que salía de ese bloque. Tu compañero y tú habíais ido esa mañana a buscar cámaras por el barrio de Ruzafa; no a detener a nadie, ni siquiera a identificar, pero os topasteis con esa pista inesperada. Tú hablabas con el pariente de alguien del bloque junto al ascensor cuando apareció la bestia con cuchillo y sin palabras. Tu pareja, más alejado, te hizo una seña. Solo te dio tiempo a decirle que eras policía y que te enseñara la documentación. No hubo más. No era el día. No había ninguna pista ni, por tanto, ninguna precaución adicional de las que seguís a rajatabla. Veintidós años lidiando con la muerte dan para saberse todo el manual, máxime si lo aplica alguien tan concienzudo y tranquilo como tú.

Gonzalo y Franki, los Brujos 10, tomaban declaración a testigos en la Brigada. Las otras dos puntas de tu grupo, el inspector Leo y el policía Johnny, estaban de vacaciones. Los siete magníficos del más que eficaz Grupo de Homicidios de Valencia, «mis siete hombres» —como  hasta el martes os llamaba la jefa—, cada uno en el puesto del tablero que le correspondió ese día por mero azar.

Tengo que contarte, Blas, aunque tú ya lo sabes, cómo corrió tu primo Pablo —ese al que engatusaste para hacerse policía— a lomos de la moto oficial, y cómo lloró al descubrir que el compañero ensartado en un puñal eras tú. Todo lo que pasó con Chus —tu mujer— y con tus adorados Pablo y Álvaro no te lo cuento porque tú lo sabes mejor que nadie. Eran, son, tu gran orgullo, tus herederos de músculos de acero y combate con el sacrificio. Hay cien historias que tendría que contarte. Seguro que querrías saber que muchas familias de víctimas —de esas madres, padres, hermanos, hijos que habéis arropado y consolado en el peor momento de sus vidas— llamaron a tu grupo, a tus brujos,  y otras tantas se presentaron en tu capilla para despedirte. Ellas tampoco te van a olvidar. 

Mira, Blas, Brujo 20 se ha quedado huérfano; y Brujo 10 y Bruja, ni te cuento. Todavía no saben bien qué van a hacer mañana —ni pasado ni las próximas semanas— cuando lleguen al Grupo y vean tu mesa tan triste como tienen ellos el alma. Ellos no lo saben; yo, sí: acabarán las diligencias de todo el reguero de muerte provocado por esa mala bestia de cien kilos que se te ha llevado por delante; seguramente, sorbiéndose las lágrimas y la rabia, recordándote y riendo al evocar alguna de tus payasadas y tu sonrisa perenne. Abrirán de nuevo las carpetas de esos pocos casos que se empeñan en marear al grupo; y luego, cuando corran las semanas o los meses, seguirán devolviendo a la vida su equilibrio con respuestas a todos esos crímenes que llegarán. Los resolverán, con horas y empeño, con la pasión de siempre, y en cada uno que esclarezcan pensarán en ti, unos minutos o unas horas, y te dedicarán su trabajo. Esto va por ti, querido Blas, hermano, amigo, compañero, dirán. Esto también, Blas, va por ti. Por lo que os debemos.  

Cruz Morcillo

1Comment
  • Chicageo
    Publicado 16:45h, 20 septiembre

    Que grande eres gitana y que bien lo plasmas . Corazón y pluma , pluma azul

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