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De la operación Selene a la vuelta de la vida de Anita

De la operación Selene a la vuelta de la vida de Anita

Transcurre  el cálido mes de julio en Madrid y el tráfico da una pequeña tregua a los sufridos conductores de la capital. Luca acaba de llegar en metro al trabajo con su inseparable mochila. Antes de dar las buenas tardes a su compañero, se para ante la máquina de las bebidas. Sesenta «centimazos» por un café de máquina horrible pero necesario como respirar para aguantar la tarde sin la adrenalina que te generan las vigilancias, los seguimientos y, en grado sumo, las detenciones de los tratantes de personas. Gente que vende gente, gente que compra y alquila gente. Y lo peor: gente que consume gente…

Antes de seguir subiendo las escaleras, lejano ya ese calor insoportable del exterior, vuelve sobre sus pasos. Se le ha olvidado la lata de Coke para el colega al que va a relevar en el teléfono de la trata. Son las dos y media de la tarde. Se agradece algo fresco y un rato de conversación antes de ir a casa y estar pendiente de si surge algo en el grupo al que pertenece. Ambos están adscritos a la Brigada Central Contra la Trata de Seres Humanos. Su día a día es combatir la esclavitud  del siglo XXI. ¿Increíble? ¿En nuestro tiempo? ¿En nuestro país? Todavía hay mucha gente que no se lo cree: «Esto no nos puede pasar a nosotros».

Aún caliente el trocito de plástico que hace funciones de cuchara, suena el «ring» asociado a un nuevo mensaje en la  bandeja de entrada del correo oficial. Ese publicitado y transmitido por la Policía Nacional mediante todos los medios posibles, tan clarificador y fácil de memorizar: trata@policia.es .

«Hola me llamo Dxxx , estoy rumana y vivo en figueres tengo una nina de 8 meses y mi novio me obliga a prostituirme no me deja estar con la nina  me pega esta violente corason ajudad me».

Ambos lo leen, lo releen, le dan mil vueltas. En voz alta, para sí mismos, de todas las formas posibles. Son solo treinta y siete palabras, pero muy claras. Serio parece el asunto, se dicen ambos. Uno de ellos está fuera de turno desde hace media hora, pero el tema merece dedicarle todo el tiempo.

Buscan pedir más datos a la remitente, que acaba de mandar el mail. «Quizá tenga aún la sesión abierta y podamos obtener más datos». No hay respuesta.

Ante este tipo de urgencias, el protocolo se pone en marcha inmediatamente. Se informa a los responsables de la Comisaría General de Extranjería en materia de TSH. Alguno de ellos incluso está de vacaciones, pero pegado a su móvil.

Estos especialistas saben que la rapidez es muy importante en este tipo de sucesos. Por lo tanto, con los pocos datos disponibles hay que ponerse manos a la obra. Lo primero es intentar ponerse en contacto nuevamente con ella, obtener más datos, y, de forma inmediata, avisar a Barcelona de lo sucedido. Hay un bebé de 8 meses en peligro, y eso no admite demora alguna.

Tras varios intentos, ella se pone en contacto telefónico con los investigadores. Veintidós años recién cumplidos, castellano aprendido a base de telenovelas en su  Braila natal y reforzado día a día en el club. Al hablar de ANA, de su pequeña ANITA, sus palabras brotan entre sollozos. No puede más. «Ellos o nosotras».

No sabe dónde está. No sabe dónde vive. Lo único que tiene grabado en su mente son los últimos meses, desde que dio a luz a su niña. A los quince días de parir, se vino a España con su chico —su compañero, su amante, su todo— para buscar una nueva vida en el paraíso europeo. Así, de paso, mejoraría su dominio del idioma de Cervantes, que tan orgullosa tiene a su humilde madre,  quien malvive de una pseudopensión de 80 euros. «Algo podremos ayudarla, ¿verdad cariño?», le dijo a su chico en el viaje hacia… hacia su infierno.

A las 16.40 ya es tarde. Corre al coche junto con su cuñada. Él —con su sempiterno chándal azul, su camiseta sin mangas y las chanclas perfectamente ajustadas para poder conducir— las espera al volante. A menos diez entra en el aparcamiento del club. El portero del local, del mismo pueblo que ellos, los saluda levantando las cejas, la única parte de su esculpido cuerpo, machacado en el gimnasio del Moonlight, que tiene vello.

Once horas quedan por delante, subida al tacón, para hacer por lo menos los doscientos euros que su queridísimo compañero, amigo y amante le exige. Su bienestar y el de su Anita dependen de ello, de su esfuerzo, de su equilibrio con el tacón.

Lo que no sabe el estiloso rumano, que en tres días de vigilancia no se ha cambiado de camiseta, es que Luca, Mario, Freddy y Martín le siguen los  pasos. Ya saben dónde vive, sus costumbres y sus horarios. Y lo principal: Anita está dentro de la casa, vigilada de forma continua por otros dos policías de la UCRIF de Barcelona.

El Juzgado de Instrucción de Figueras conoce los hechos, sabe perfectamente lo que ha sucedido, y solo falta la rúbrica del juez en el auto de entrada y registro. Lo principal es asegurar que Anita esté bien. Los policías que vigilan el piso no la han visto, no la han sacado a la calle, pero sí la han escuchado llorar constantemente. Sus lloros solo han cesado en excepcionales ocasiones.

Cuando la madre llega sobre las 4.15 de la madrugada, como un resorte, el bebé se despierta de su sueño poco profundo, quizá exhausto por mucho llorar y poco comer. Ahora lo que se oye en el silencio de la noche son risas: las risas profundas y alegres de Anita; y las amargas risas de su madre.

Lo que no sabe ella es que, según la ha recogido en el club su chico, su amigo, etc., tras preguntarle lo que ha ganado, y por supuesto habiéndole quitado  hasta su dignidad, este captor, explotador y maltratador va a ser detenido. Van de camino a casa, pero en una calle de paso obligado hay dos vehículos camuflados, más el tercero que los sigue desde su salida del aparcamiento. Están controlados en todo momento.

En un tris, el «valiente» padre de Anita se ve en el suelo, con los brazos en la espalda y gritando a voz en grito que su bebé está solo en casa.

Entonces, a las 4.30 de la refrescante madrugada de ese mes de julio en el Alto Ampurdán —mientras en Madrid los 30 grados no bajan—, con la secretaria judicial y con las llaves del detenido, queda lo mejor de esas 72 horas sin apenas dormir. Luca está impaciente por ver a Anita. Cuatro escasos días antes desconocía la existencia de ese ser; a partir del «ring» en la bandeja de entrada del ordenador, verla sana y salva se convirtió en una obsesión, y está punto de llegar ese momento.

Luca entra el primero que en la casa, seguido de otros dos policías más de Barcelona, intentando asegurar la vivienda, por si hubiera en ella alguien más que no estuviera controlado por los que la vigilaban. Pero no: el único riesgo es recoger a Anita de ese mugriento camastro en el que prácticamente había vivido toda su vida. Luca se apresura a desprenderse de su chaleco de policía, separarla de tanta suciedad incrustada y llevarla con su madre.

Ese abrazo infinito entre madre e hija —lejos de la mirada inquisitiva del progenitor; a espaldas de los policías, que involuntariamente echan una mirada furtiva por el rabillo del ojo— hace que las horas sin dormir, su trabajo y su esfuerzo se vean recompensados.

Ahora el traficante y su cómplice irán a prisión. Ellas estarán separadas de momento. El informe psicológico determinará cuándo es el momento apropiado para que vivan juntas. Aun así, se verán todos los días en la ONG. Serán felices. En breve volverán a no separarse más.

Luca y Mario van por la A-2, dirección Madrid. No paran de hablar, de comentar lo bueno de la profesión. Por temas así merece la pena seguir trabajando contra la esclavitud… Sí, esclavitud en pleno siglo XXI. Qué triste, ¿no?

Suena de nuevo el «ring». De nuevo se ponen en marcha.

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