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Azul, eterno azul

Hace un año tuve la tentación de divorciarme del periodismo para siempre. Un fiscal de esos que le gustan a los políticos porque no los conoce nadie nos pidió a mi compañero Pablo Muñoz y a mí dos años y medio de prisión por revelación de secretos. Publicamos una escucha —ni siquiera textual— en la que se hablaba de Luis Bárcenas, el PP y la mafia italiana dentro de la operación Tarantela. Recibimos decenas de llamadas, mensajes y cariños de compañeros y de fuentes, pues la broma pintaba casi negra. En una de esas llamadas, un policía me citó a comer un menú apresurado en el VIPS. Sentado frente a mí, desbordado de trabajo y problemas, como siempre desde que le conozco, me preguntó cómo estaba y me soltó: «Dile a tu abogado que me llame a declarar. No sé quién os lo contó, lo imagino, pero no te le voy a preguntar. Eso es lo de menos. Yo voy a explicarle a la jueza que vuestra información no perjudicó nada, que podíais habernos fastidiado y no lo hicisteis y que nunca nos habéis traicionado».

Por supuesto, me negué. Jamás pensamos en comprometer a una sola fuente (ni siquiera ajena al caso) aunque ese hubiera sido el único camino para salvarnos. Al despedirnos, lo vi alejarse con todo el peso y la responsabilidad que lleva años cargando sobre sus espaldas, a cambio de un sueldo que con su talento y su entrega sería el doble en la empresa privada. Una vez más me sentí afortunada por haber frecuentado a policías como él, capaz de comprometerse tanto a cambio de nada (y eso que sospecho que ni siquiera le gustamos los plumillas). Él no lo sabe, pero esa tarde decidí ser más periodista que nunca y tan azul o más que siempre.

Él es uno de los hombres que me han hecho amar la Policía, a la que llevo vinculada  veinte años exactos y de la que no sabía una palabra cuando ingresé en ABC. No quiero a la Policía así con la pompa de las mayúsculas y las palabras grandilocuentes, sino a algo infinitamente mejor: a una sucesión de hombres y mujeres en los que he encontrado a lo largo de este tiempo una vocación sacerdotal, una entrega conmovedora y atípica en los puestos más diversos y en todos los empleos.

A los hombres y mujeres de azul que yo admiro, casi venero, les importa pelear, trabajar, sentar al malo ante el juez y conseguir una condena a base de horas, disgustos, negativas, sagacidades y sutilezas de todo pelaje; luego, o antes, o a la vez —demasiadas veces—, se ponen a otra cosa, a otra batalla (perdón, operación), con esa determinación y esa fatalidad que deben de llevar impresa en su código genético, inasequible al fracaso. Los hombres y mujeres que yo he conocido son un exotismo en el lugar común en el que se han convertido muchas profesiones. He adivinado, he presenciado rasgos idénticos de voluntad férrea, de tenacidad, de vivir y respirar a contracorriente en casi sesentones y en jóvenes promesas, el mismo camino, la misma paciencia, el mismo respeto a la investigación y la ley. Parece una obviedad, pero bien hemos visto que no lo es, ni todos comparten esa envidiable razón de ser.

La medio niña que conoció a «su»primer policía de «la pringue» de Madrid ha forjado una trayectoria profesional al socaire de muchos uniformes. Hombres y mujeres de azul me han enseñado el catecismo de lo suyo en horas de despachos, terrazas y barras de bar donde invariablemente a mí se me paraba el reloj, embobada. ¿Que qué me han pedido? Nada, nunca. Como mucho, esperar a que se pueda contar. Es el pacto de caballeros que sobrevuela esta compleja simbiosis entre oficios predestinados a darse la espalda.

En mi móvil, que he cambiado y perdido tantas veces, permanecen los nombres de siempre (incluidos los que ya no están en la casa) y se han ido sumando otros. A mí la Policía —no la de las mayúsculas, que también— me ha tratado como un padrino que se hace cargo de la niña hasta que crece y luego ambos ya se siguen visitando por el cariño mutuo. Tiene razón mi amigo Manu Marlasca cuando dice que el reconocimiento del que estoy más orgullosa es la Cruz al Mérito Policial con distintivo blanco. Como me conoce bien, hemos bromeado muchas veces sobre esa sintonía con el Cuerpo: «Niño, ya sabes que yo soy más azul que cualquiera», le digo con intención. En el fondo, la blanca nos acerca aún más a quienes tanto admiramos.

 

 

 

2 Comentarios
  • Antonio
    Publicado 15:22h, 27 junio

    Que bien escribes y plasmas tus sentimientos. Gracias. Un abrazo y cuidate mucho

  • Carmen
    Publicado 22:08h, 27 junio

    Gracias por el respeto y eñ cariño que siempre has demostrado

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