Rellena el formulario y NOSOTROS TE LLAMAMOS

Nombre*

Apellidos

Correo electrónico*

Teléfono*

Introduce este código: captcha

Carretera de Canillas 142
28043, Madrid.
info@ocsgrupo.com
917 634 751


 

 
 

24/7 y no es una frase hecha…

Cuando entras por primera vez en la Escuela de Ávila, la Escuela, te das cuenta de que algo ha cambiado ya en tu vida. Gente nueva, amigos nuevos, compañeros que van a ser parte de tu día a día quieras o no. Seguramente sean ellos, o unos más veteranos u otros más noveles, aquellos con los que te jugarás el pellejo todos los días «ahí fuera», en la calle.La etapa abulense pasa como un rayo. Cuando te das cuenta, ya estás preparado, uniformado y listo para trabajar en lo que te gusta: servir al ciudadano. Por suerte, hay tanta variedad de destinos que, seguramente, en breve toparás con el que realmente te gusta. Pero, entre todos, yo os aconsejo uno: luchar contra la trata, luchar contra la esclavitud en España y en el mundo. Vivimos en el siglo XXI y todavía hay esclavos, gente que vende gente, gente que alquila a gente para satisfacción personal. No es una distopía, es la pura realidad.

Con el grano de arena que podemos aportar como policías, podemos ponérselo más difícil. No es una labor fácil, desde luego, pero sí altamente gratificante, el conseguir liberar a una víctima de las garras de unos indeseables que no ven en esa persona a un ser humano, sino un objeto que genera gran cantidad de dinero.

Todavía recuerdo cuando, hace ya unos años, recibimos en la Brigada Central una información, procedente de la embajada rumana en Madrid, mediante la que se nos comunicaba que dos chicas jóvenes venían hacia España (no es ancha Castilla ni nada) con dos amiguetes, novios o como queramos llamarlos. El padre de una de las chicas, Alina, había denunciado en la policía de Bucarest el posible engaño que habría sufrido su hija a manos de estos indeseables, que le habrían ofrecido venir a Madrid a perfeccionar el castellano (la chica empezaba a soltarse en nuestro idioma a base de ver telenovelas colombianas) y de paso ganar un dinerillo trabajando en una cadena de comida rápida, aprovechando la denominada semana blanca en la Universidad de su ciudad. El novio de Alina, Roman, había acabado por convencerla de lo bueno que sería venir juntos a España y quizá empezar una nueva vida aquí, ya que él tenía tarjeta de residencia (en ese momento, Rumanía no pertenecía a la UE). Ella, de familia acomodada, no rica, pero sí de una posición económica estable, no lo vio claro al principio. Se lo consultó a una amiga de la facultad y esta terminó de persuadirla: «Iremos las dos juntas, con nuestros novios, que son amigos». Alina cedió; se lo comentó a sus padres, que le pusieron mala cara, pues no entendían a cuento de qué, en unas vacaciones, teniendo próximos unos exámenes, se iba una semana a España, a Madrid concretamente, cuando no tenía ninguna necesidad de mejorar su español, ni de empezar a trabajar repartiendo pizzas por las casas. Aun así, los padres transigieron ante los ruegos de su hija, que veía ese viaje como su puesta de largo, su «mayoría de edad» ante la sociedad rumana: se iba de vacaciones a España… El sueño de todo rumano. El padre, con todas las dudas del mundo y la incertidumbre natural, le dijo que no se separase de su teléfono móvil y que le fuera avisando de lo que ocurriera. Es su niña. Normal.

Los cuatro jóvenes salen de viaje un 19 de marzo. Los dos varones viajan en la parte delantera del vehículo y ellas ocupan la parte posterior. Todo es júbilo y alegría. Las dos amigas disfrutan de la experiencia de su vida con los chicos de su vida. Cada hora, Alina chatea con su padre por SMS: «Ya estamos en Pitesti», «Estamos llegando a Sibiu»…

Las carreteras son pésimas; el tráfico, muy intenso. El grupo avanza adelantando tractores, vacas que pastan al lado de la carretera e incluso ciclistas que portan enseres de media vida llevados a cuestas. El viaje se hace pesado y aún no han salido de Rumanía. Llega la hora de descansar. Cerca de cien coches esperan cruzar el puesto fronterizo de Arad, en el límite con Hungría. El sistema informático es lento. Rumanía todavía no está en Schengen, por lo que sus ciudadanos no pueden circular libremente por los países firmantes del convenio. Al llegar a la cabina, Roman, sin bajarse del coche (un Dacia negro), entrega los 4 pasaportes al policía, que anota concienzudamente todos los datos, e incluso la posición de cada uno de los viajeros en el vehículo.

«Ya estamos en Hungría, papá», escribe Alina a su padre. Al ver que seguía con el teléfono, Roman la regaña: «Estamos fuera de Rumanía y, con el roaming, te saldrá muy caro hablar con tus papás… Apaga ya el móvil».El cansancio y la ilusión hacen mella en las jóvenes, que prácticamente se quedan dormidas en los primeros kilómetros de las tierras magiares. Después, mientras se despierta, sin abrir los ojos, sin saber el tiempo que lleva off, Alina escucha a los dos varones hablar de las intenciones que tienen cuando lleguen a Madrid: conseguir 6000 euros por cada chica. Negocio perfecto. Método lover boy.

 Sin fuerzas para abrir los ojos, y sin poder creer lo que le escucha su chico, a su novio, a la persona con la que quería compartir su vida, escribe un SMS a su padre: «Papá, problemas. Roman me vende». Inmediatamente después apaga el teléfono para evitar que su chico vea el mensaje. Podéis imaginar el vuelco del corazón del padre de Alina. Cuántas veces había leído noticias como esa en la prensa. Cientos. Nunca se había creído del todo que esas chicas hubieran sido engañadas. «En eso no cae nadie», decía. Pues sí. Las víctimas caen. Las víctimas se creen lo que sus victimarios dicen. Sin perder tiempo, acude a una comisaría de Policía en Bucarest. Cuanto antes denuncie, antes podrá salvar a su hija.

Gracias a su información, la policía averigua en qué vehículo han abandonado el país los jóvenes y qué tres personas acompañan a Alina. A continuación, los policías avisan a sus compañeros destinados en la embajada rumana en España.  Estos, a su vez, informan de lo que ocurre a la Brigada Central de Redes de Inmigración (actual Brigada Central de Trata de Seres Humanos). Gracias a las bases de datos de la Policía, la Brigada descubre que Roman tiene un permiso de residencia en España, en el que figura un domicilio en Madrid. Puede ser «de pastel» o fetén: hay que comprobarlo. De inmediato, tras varias llamadas, el Grupo Tercero está en la calle, haciendo gestiones, llamado a La Junquera para intentar controlar el coche a su paso por el puesto fronterizo. Estamos buscando una aguja en un pajar. Alina y su amiga pueden estar en Francia, Italia… o ya en España. Una buena noticia nos alivia un poco: el domicilio que nos sale en Adexttra existe. En él vive gente. Hay rumanos dentro.

El mismo 19 de marzo se monta un dispositivo alrededor del piso. Está prohibido que «nos muerdan». Somos invisibles, incluso en nuestra casa: es del día del padre y nosotros estamos en la calle, pero hay un padre angustiado. Y unas hijas a punto de ser vendidas. Ojo. Ese Dacia negro está aparcando. Salen dos tipos y dos… y dos…. niñas. Y abren el portal con su llave, ni siquiera llaman al portero automático. Estos tipos viven ahí. Mientras se controla el domicilio, dos están en la Plaza de Castilla, en la puerta del juzgado de guardia. «Ya tenemos dos detenidos que han salido de la casa», me explican por teléfono.

El secretario judicial se prepara, y el equipo de la UIP tiene la maza a punto. Con estos tipos no hay que andar con tonterías. Tras las tres llamadas de rigor («¡Policía, abra la puerta!»), siete tíos como armarios roperos caen como fruta madura. Dos niñas pálidas de poco más de metro y medio se abrazan a los policías que portan los chalecos en los que se lee «POLICÍA». Qué cerca han estado de ser vendidas y de perderse en el inframundo de la explotación sexual. Ya les habían comprado la ropa con la que tendrían que familiarizarse: ropa interior diminuta de escasa calidad. «Hay que mostrar carne», les dijeron en esas tres horas en las que compartieron techo. Afortunadamente, nos les dio tiempo para «catarlas», para venderlas con la «cala» hecha, lo que sería muy típico de esta escoria.

Un colega del grupo dejó a Alina su móvil para que hablara con su padre. Imaginad. Acababa el Día del Padre. Nosotros no habíamos tenido fiesta; él, sí. Es lo más importante. 24/7 y no es una frase hecha.

 

Por días como estos, SER POLICÍA ES LO MEJOR DEL MUNDO.

 

@josenietobar

 

Sin comentarios

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies